¡Hola! Les quiero contar que he estado leyendo un libro ¿ a qué viene esto? a que quiero compartirles un fragmento de este mismo, pero no es cualquier fragmento; es un problema matemático ¿ya se desanimaron? si , puede que no les gusten las matemáticas tanto como a mi, aun así no les pido que lo resuelvan... solo vale la pena leerlo:
Libro: La incógnita Newton
Autor: Catherine Shaw
RocaEditorial
Un cuento enmarañado, del señor Lewis Carroll
Primer nudo: Excelsior
Duende, llévalos arriba y abajo
El resplandor rojizo del atardecer empezaba a diluirse en las oscuras sombras de la noche cuando se pudo observar a dos viajeros que descendían a un buen paso -seis millas por hora- la abrupta ladera de una montaña; el más joven saltaba de risco en risco con la agilidad de un corzo mientras su compañero, cuyas extremidades envejecidas se movían incómodas en la pesada cota de malla que acostumbran a llevar los aventureros en esa comarca, avanzaba con dificultad a su lado.
Como siempre es el caso en tales circunstancias, el caballero más joven fue el primero que rompió el silencio.
-¡Llevamos un buen paso, colijo!-exclamó-. ¡De subida no hemos ido tan deprisa!
-¡Buen paso; sí señor! - asintió el otro con un gruñido-.
¡Al subir, hemos caminado tres millas en una hora!
-Y en terreno llano, ¿nuestro paso es de...?- preguntó el joven, que no era muy bueno en estadística y dejaba todos esos detalles a su anciano compañero.
-Cuatro millas por hora- respondió el otro, en tono cansino-. Ni una onza más- añadió, con ese amor por las metáforas tan común en la gente mayor-, ni un cuarto de penique menos.
-Cuando salimos de la posada, pasaban tres horas del mediodía- dijo el joven, pensativo-. No creo que estemos de vuelta a la hora de cenar. ¡Y quizás el posadero nos niegue el yantar!
-Nos regañará por haber regresado tarde- fue la grave réplica del anciano-y tal reproche no habremos de tragar.
-¡Valiente cena!- gritó el otro con una alegre carcajada-.
¡Pues si le pedimos que nos sirva otro plato, espero que no nos dé tortas!
-No llegaremos ni a los postres- suspiró el anciano caballero, que nunca en su vida había entendido una broma y se sentía un tanto molesto con la inoportuna falta de seriedad de su compañero-. Cuando alcancemos la posada, serán las nueve- añadió entre dientes-.¡Muchas millas hemos recorrido hoy!
-¿Cuántas?¿Cuántas?- preguntó el joven con impaciencia, siempre sediento de conocimientos.
El viejo guardo silencio.
-Decidme vos- respondió, después de pensar unos momentos- qué hora pasamos por aquel pico de allí.
No es preciso que me lo digáis al minuto- se apresuró a añadir, captando una protestas en la expresión de su compañero-.
¡Sólo espero que vuestro cálculo no se desvíe de la respuesta más allá de media hora, esto es todo lo que pido del hijo de vuestra madre! Entonces os diré, exactamente hasta la última pulgada, cuánto hemos caminado entre las tres y las nueve del reloj.
La replica del joven fue un gruñido. Mientras buscaba la respuesta, su rostro contraído y las profundas arrugas que se perseguían unas a otras en su frente masculina revelaban el abismo de agonía aritmética en el que había caído por culpa de una pregunta ociosa.
Entonces, ¿alguno de mis ociosos lectores se atreve a encontrar la respuesta?
No hay comentarios:
Publicar un comentario